Manuel Viso, médico: “El problema no es la sal de mesa, es que estás consumiendo el doble de lo recomendado sin darte cuenta”

Manuel Viso, médico: “El problema no es la sal de mesa, es que estás consumiendo el doble de lo recomendado sin darte cuenta”

El gesto de añadir sal a la comida parece simple, automático. Pero un estudio reciente muestra que detrás de ese hábito hay diferencias claras entre hombres y mujeres.

La investigación, liderada por la Universidad del Estado de Río de Janeiro y publicada en la revista Frontiers in Public Health, analizó a más de 8.300 personas mayores de 60 años. Según una noticia publicada por Ràdio Associació de Catalunya 1, el 12,7 % de los hombres añade sal extra a sus platos, frente al 9,4 % de las mujeres. Sin embargo, lo más relevante no es quién usa más el salero, sino por qué lo hace.

Soledad en ellos, contexto alimentario en ellas

El estudio detecta dos patrones claros. En los hombres, el uso de sal está vinculado a factores concretos y directos. Vivir solo aumenta un 62 % la probabilidad de añadir sal a los alimentos, y no seguir una dieta para la hipertensión también influye de forma significativa.

En cambio, en las mujeres el comportamiento es más complejo. Depende del entorno y del tipo de alimentación. Aquellas que viven en zonas urbanas o consumen ultraprocesados tienen más probabilidades de usar el salero, mientras que una dieta rica en frutas y verduras reduce ese hábito hasta en un 81 %.

Este contraste sugiere que el uso de la sal no responde solo al gusto. Está condicionado por factores sociales, culturales y de estilo de vida.

Un gesto automático que no siempre responde al sabor

Otro hallazgo importante es que muchas veces el uso del salero no está ligado a una necesidad real. Es simplemente un gesto mecánico.

Los investigadores advierten de que el consumo frecuente de alimentos salados reduce la sensibilidad del gusto. El resultado es un círculo vicioso: cuanto más sodio se consume, más se necesita para percibir el mismo sabor.

En ese contexto, añadir sal deja de ser una decisión consciente y se convierte en un hábito difícil de detectar.

El problema real está fuera del salero

Aquí es donde entra la advertencia de expertos como el médico Manuel Viso, que en un vídeo publicado en Instagram resume el problema de forma directa: “El problema no es la sal de mesa, es que estás consumiendo el doble sin darte cuenta”.

La afirmación no es exagerada. La evidencia científica muestra que la mayor parte del sodio no procede del salero, sino de los alimentos procesados.

Según datos recogidos en diferentes estudios nutricionales, aproximadamente el 75 % de la sal que se consume proviene de productos industriales, frente a un porcentaje mucho menor añadido en casa.

Esto cambia completamente el enfoque. Reducir la sal depende de cocinar distinto, sí, pero también de lo que se compra para las comidas.

Consumo excesivo de sodio: un problema de salud pública global

La Organización Mundial de la Salud lleva años alertando sobre el consumo excesivo de sodio. La recomendación es clara: no superar los 5 gramos de sal al día.

Sin embargo, la realidad está lejos de ese objetivo. El consumo medio en muchos países duplica esa cifra, lo que aumenta el riesgo de hipertensión, enfermedades cardiovasculares y otros problemas de salud.

El histórico Estudio Intersalt, uno de los más importantes en este campo, ya mostró la relación entre ingesta de sodio y presión arterial en miles de personas. Desde entonces, la evidencia no ha dejado de reforzar esa conexión.

Por qué las campañas para reducir el consumo de sal no funcionan

Uno de los puntos clave del estudio es que las recomendaciones genéricas pueden no ser eficaces. No es lo mismo aconsejar a una persona que deje de usar el salero que pedirle que cambie su dieta o su forma de cocinar. Los factores que influyen en el consumo de sal son distintos según el perfil.

Reducir la sal no es solo una cuestión de voluntad. También implica reeducar el paladar. El exceso de sodio modifica la percepción del gusto, pero ese efecto es reversible. Disminuir progresivamente la cantidad permite recuperar la sensibilidad y reducir la necesidad de añadir sal.

Al mismo tiempo, existen alternativas: uso de especias y hierbas, técnicas de cocinado que potencian el sabor e incorporación de alimentos frescos. Son pequeños cambios que pueden tener un impacto significativo.

El estudio sobre la “brecha del salero” introduce un matiz importante. No todos añadimos sal por los mismos motivos. Y entender esas diferencias es clave para cambiar hábitos.

Pero la advertencia de los expertos apunta en otra dirección. El problema es “el consumo invisible”. El salero está a la vista. La mayor parte de la sal, no.

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