El pisto manchego es un guiso de verduras de cocción lenta que concentra los sabores y los transforma en una salsa espesa, rica y aromática. Su textura suave lo convierte en un plato perfecto para acompañar con unas rodajas de pan, y cuando se corona con un huevo frito, la yema cremosa se funde con las verduras creando una mezcla irresistible.
Nacido en La Mancha, este plato tiene raíces humildes: los agricultores aprovechaban las hortalizas de temporada para preparar una comida sencilla pero nutritiva y con el paso del tiempo, el pisto se ha convertido en un símbolo de la cocina casera española.
Empieza preparando todas las hortalizas: corta la cebolla, los pimientos rojos y verdes, los calabacines y las berenjenas en cubos pequeños o medianos, procurando que sean de tamaño similar para que se cocinen de manera uniforme. Los pimientos de distintos colores darán al guiso un aspecto más vistoso.
Calienta una sartén amplia con un buen chorro de aceite de oliva y añade la cebolla. Sofríela lentamente hasta que se vea suave y traslúcida, removiendo de vez en cuando con una cuchara de palo o una espátula.
Agrega los pimientos y deja que se cocinen hasta que estén tiernos. Luego, incorpora la berenjena y el calabacín, remueve bien y deja que también se ablanden.
Cuando todo esté suave, añade la pasta de tomate o tomates finamente picados, baja el fuego y deja que se cocine despacio, removiendo de vez en cuando, hasta que se convierta en una salsa espesa.
Sazona con sal y añade una pizca de pimentón ahumado para darle profundidad. Deja que hierva suavemente, removiendo de vez en cuando, hasta que el exceso de líquido se evapore.
Aparte, fríe un huevo en abundante aceite de oliva caliente. Sazona con un poco de sal al gusto.
Sirve el pisto bien caliente en un plato hondo o una cazuela pequeña para mantenerlo tibio por más tiempo. Coloca encima el huevo frito y acompaña con unas rebanadas de pan tostado.
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El secreto de un buen pisto está en la paciencia con la que se cocinan las verduras y en el equilibrio de la humedad. Para lograr un sabor más intenso, conviene dejar que el tomate se reduzca lentamente hasta que pierda su exceso de líquido y se convierta en una salsa espesa que envuelva a las demás hortalizas. Si notas que el guiso queda demasiado aguado, basta con alargar la cocción a fuego bajo, removiendo de vez en cuando, hasta que alcance la textura deseada y el sabor se concentre.
Una buena salsa de tomate casera también marca la diferencia. Empieza seleccionando tomates bien maduros, de piel firme y color rojo intenso. Si no te gusta la piel, hiérvelos en agua caliente durante un par de minutos y retírala fácilmente. Luego, córtalos en cubos para una salsa con textura o tritúralos en la licuadora si prefieres una base más suave. Deja que se cocinen despacio con un poco de aceite de oliva, cebolla y ajo, hasta que se fundan en un guiso aromático y lleno de sabor.
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Valor nutricional
(por comensal)
- Calorías: 41 kcal
- Proteínas: 12,7 g
- Grasas: 29,3 g
- Carbohidratos: 3 g
- Fibra: 6,7 g