Receta de Ajoblanco de la abuela: el plato andaluz que siempre triunfa en verano y se prepara en solo unos minutos
El ajoblanco es uno de esos platos sencillos que, sin embargo, guarda siglos de tradición andaluza. Nació en las tierras de Málaga y Granada, donde el clima caluroso pedía recetas ligeras y nutritivas, y sobre todo refrescantes frente al calor extremo del verano. Se trata de una sopa fría que sorprende por su textura cremosa y su frescura, y que con el tiempo se convirtió en un símbolo de la cocina popular del sur.
Su origen se remonta a épocas en que los campesinos aprovechaban lo que tenían a mano: pan duro, almendras locales y el oro líquido de la región, el aceite de oliva. Con esos ingredientes humildes lograban un plato saciante y refrescante, ideal para las faenas del campo y las vendimias. Por ello, el ajoblanco se sirve acompañado de uvas frescas o trozos de melón, que aportan un contraste dulce.
Por todo ello, queremos enseñarte cómo hacer ajoblanco de la abuela. ¡A la cocina!
- 200 gramos de almendras crudas s
- 100 gramos de pan duro s
- 2 dientes de ajo pelados s
- ½ litro de agua fría (añadir poco a poco hasta lograr la textura deseada) s
- 80 aceite de oliva virgen extra s
- 2 cucharadas soperas de vinagre de Jerez o vino blanco s
- sal al gusto s
- uvas verdes para acompañar s
- aceite de oliva virgen para decorar s
Empieza sumergiendo las almendras en una olla con abundante agua hirviendo. Déjalas cocer a fuego bajo durante unos 10 minutos aproximadamente, para que se suavicen y sean más fáciles de pelar y triturar.
Cuando estén listas, cuela el líquido y coloca las almendras sobre un paño limpio; así podrás pelarlas una a una, notarás que la piel se desprende con facilidad.
Aparte, remoja el pan seco en agua y deja que se hidrate hasta que se ablande por completo. Este paso es fundamental para darle cuerpo y cremosidad al ajoblanco.
Coloca las almendras peladas en el vaso de la licuadora junto con los dientes de ajo, el vinagre tinto y el pan remojado.
Tritura bien hasta formar una pasta homogénea. Si notas que la licuadora tiene dificultad para moler las almendras, añade agua poco a poco. Es importante no verter todo el líquido de golpe, porque las almendras quedarían arenosas y perderías la textura fina que caracteriza al ajoblanco.
Cuando la pasta esté formada, incorpora el aceite de oliva en hilo mientras sigues triturando, para que emulsione y se integre con el resto de los ingredientes. Añade más agua hasta conseguir una densidad ligera, similar a la de una crema fría, y ajusta la sal al gusto.
Licúa nuevamente para que quede bien suave y rectifica la sazón. Sirve el ajoblanco frío, decorando con uvas cortadas por la mitad, melón o incluso trocitos de manzana, y un chorrito extra de aceite de oliva por encima. ¡Buen provecho!
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Para que quede más cremoso, los consejos de la abuela se centran en tres aspectos: las almendras, el pan y el reposo.
Las almendras deben ser crudas y preferiblemente de variedad marcona, muy usadas en la cocina andaluza por su sabor delicado y su textura fina.
El pan también juega un papel fundamental. Debe estar bien hidratado, casi deshecho, para que aporte cuerpo sin dejar trozos duros. Si se usa pan seco, se obtiene una consistencia más cremosa y un sabor más auténtico, porque absorbe mejor el agua y se integra con las almendras.
El reposo en frío es esencial. Dejar el ajoblanco en la nevera al menos una hora antes de servir permite que los sabores se asienten y que la textura se vuelva aún más homogénea. Servido con uvas frescas y un chorrito de aceite de oliva extra virgen, se convierte en un plato refrescante y lleno de tradición andaluza.
Valor nutricional
(por comensal)
- Calorías: 0,5 ,320 kcal
- Proteínas: 12 g
- Grasas: 56 g
- Carbohidratos: 16 g
- Fibra: 7 g