Un neurocientífico de Stanford explica qué le hace la sal a tu cerebro (y lo que cuenta no es lo que esperabas)
El neurocientífico Andrew Huberman, profesor de neurobiología en la Universidad de Stanford, acaba de hacer una advertencia que conviene tener en cuenta. En el último episodio de su podcast Huberman Lab, uno de los más seguidos en todo el mundo en lo que se refiere a temas de salud, ha explicado con detalle cómo el exceso de sal puede dañar las células cerebrales.
Pero además ha contado algo que poca gente sabe: que consumir muy poca sal también pone en riesgo el buen funcionamiento del cerebro. En España, según la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), consumimos una media de 9,8 gramos de sal al día, casi el doble de los 5 gramos que recomienda la Organización Mundial de la Salud. Y lo que todavía resulta más preocupante es que el 72% de esa sal ni siquiera la añadimos nosotros de forma voluntaria: ya viene incluida en multitud de alimentos procesados que consumimos de forma habitual.
Qué le pasa a tu cerebro cuando tomas demasiada sal: el daño “invisible” en tus neuronas
En el cerebro tenemos una especie de sensor que registra constantemente cuánta sal hay en nuestra sangre. Se encuentra en una zona muy pequeña que, a diferencia del resto del órgano, no tiene ningún filtro que la proteja. Está expuesta a propósito: si no fuera así, no podría detectar si de pronto tenemos más sodio del necesario en la sangre y sería imposible que nuestro cuerpo pudiera corregir la situación.
¿Cómo lo hace? Pues, por ejemplo, activando la sensación de sed para que bebamos agua. El problema es que cuando el consumo excesivo de sal se convierte en lo habitual, ese mecanismo ya no es suficiente y dicho exceso acaba afectando al buen funcionamiento de las neuronas.
Y esto no es solo teoría. Un equipo de la Universidad de Cornell, dirigido por el neurocientífico Costantino Iadecola, lo demostró en un estudio publicado en la revista Nature Neuroscience. Alimentaron a un grupo de ratones con una dieta muy rica en sal durante varias semanas y, cuando estudiaron su comportamiento, descubrieron que los animales tenían serias dificultades para recordar y les costaba más aprender cosas nuevas. La razón: el exceso de sodio había inflamado los vasos sanguíneos de sus cerebros y les llegaba menos sangre a las zonas responsables de la memoria y el aprendizaje. Pero lo más sorprendente es que a los ratones no les subió la tensión arterial, que es el problema que siempre se asocia al exceso de sal.
La paradoja del sodio: demasiada sal es mala, pero muy poca también
Pero de la misma manera que Huberman dejó claro que el exceso de sal es perjudicial, también explicó algo que resulta curioso: si no tomas suficiente sal, la falta de sodio puede tener graves consecuencias para la salud.
Y señaló algo muy interesante: la sal es un mineral que el cuerpo necesita para funcionar bien. Sin ella, las neuronas no podrían comunicarse entre sí, que es una función básica y es lo que hace posible que tú puedas pensar, recordar cosas o moverte. Cuando los niveles de sodio caen mucho se produce lo que los médicos llaman hiponatremia. ¿Y cómo se manifiesta? Pues con dolores de cabeza, náuseas, confusión a la hora de recordar cosas, e incluso en los casos más graves está documentado que puede llegar a provocar convulsiones. Estos síntomas suelen aparecer en personas mayores y en deportistas que beben mucha agua pero no reponen las sales minerales.
Huberman no es el único que ha puesto este tema sobre la mesa. La prestigiosa revista médica The Lancet publicó, en 2016, uno de los estudios más amplios que se han hecho hasta la fecha. Los investigadores que participaron en él analizaron los datos que proporcionaron más de 100.000 personas de todo el mundo y la conclusión fue sorprendente. Tanto las personas que consumían mucha sal como las que consumían poca tenían un riesgo mayor de sufrir problemas cardiovasculares. La clave estaba en lograr un consumo equilibrado de sodio. Y eso es precisamente lo que defiende Huberman en su podcast: el objetivo no consiste en eliminar la sal de tu vida, sino consumirla respetando unos límites.
La mezcla de sal y azúcar desactiva tu capacidad de sentir saciedad
Huberman dedicó una parte de su episodio a explicar algo que tiene mucho que ver con cómo compramos en el supermercado. El problema, señaló, no es solo la sal que tú añades a tus platos para darles sabor. Lo que de verdad resulta preocupante es que la industria alimentaria lleva años combinando sal, azúcar y saborizantes en sus productos ultraprocesados de tal manera que logran engañar a nuestro cerebro.
Cuando comes un alimento que mezcla sal y azúcar a la vez, tu cerebro recibe una doble señal de placer: una por lo salado y otra por lo dulce. Esa combinación lo satura hasta el punto de que pierde su capacidad para calcular cuánto has ingerido. Por eso, casi sin darte cuenta, puedes llegar a comerte un paquete entero de galletas saladas o una bolsa de snacks y no tener la sensación de estar llena hasta que te lo has comido todo.
Sobre esta cuestión, la Fundación Española del Corazón aporta un dato revelador: el 44% de la sal que tomamos a diario proviene de tan solo diez productos, entre los que se encuentran el pan, los embutidos, las pizzas, las sopas de sobre, los sándwiches, el queso y los snacks.
¿Cinco gramos de sal al día? Quizá no para todo el mundo
La recomendación que hace la OMS es clara: no deberías tomar más de cinco gramos de sal al día, que es lo que viene a ser una cucharadita de postre. Sin embargo, Huberman matizó que esa cifra es orientativa, porque cada persona es un mundo y la cantidad de sal que podamos necesitar depende de muchos factores.
Por ejemplo, si eres una persona que hace deporte con frecuencia o si sudas mucho, es lógico que tu cuerpo necesite reponer la sal que pierde. También ocurre algo parecido si sigues una dieta muy baja en carbohidratos, como la dieta keto, en la que apenas se comen pan, pasta, arroz o patatas y la alimentación se basa sobre todo en el consumo de proteínas y grasas. Al eliminar casi por completo los carbohidratos, el cuerpo cambia su forma de funcionar y los riñones empiezan a expulsar más sodio de lo habitual a través de la orina. Es decir, puedes estar perdiendo más sal de lo debido sin ser consciente de ello.
La sal no trabaja sola: necesita al potasio y al magnesio
Huberman también insistió en algo que poca gente tiene en cuenta: el sodio no trabaja solo en tu cuerpo, sino que lo hace “en equipo” con otros minerales como el potasio y el magnesio. Si falta alguno de los tres, el resto no puede hacer bien su trabajo. Por eso, no se trata solo de que tengamos la voluntad de reducir el consumo de sal: también es importante comer alimentos ricos en potasio como el plátano, las espinacas o el aguacate para que no se produzca ningún tipo de disfunción en el organismo.
El mensaje de Huberman es claro: antes de decidir por tu cuenta si necesitas más o menos sal, lo más sensato es consultarlo con tu médico. Porque, como ya hemos visto, tanto el exceso como la falta de sal pueden tener consecuencias para tu salud.
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